Ha pasado ya un año desde aquella horrorosa DANA que arrasó hogares, tierras y esperanzas, dejando tras de sí una estela de dolor y pérdidas irreparables. Sin embargo, nada parece haber cambiado. Seguimos igual que el primer día, con la misma indiferencia institucional, la misma desvergüenza de nuestros dirigentes y la misma sensación de abandono que cala tan hondo como la lluvia que lo devastó todo.
Quienes tuvimos la suerte de no sufrir directamente las consecuencias de aquella tragedia apenas podemos imaginar la angustia de las familias damnificadas. Pero sí podemos constatar algo igual de doloroso: la crueldad con que quienes deberían velar por la seguridad y el bienestar colectivo utilizan el sufrimiento ajeno como herramienta política. Con una falta de humanidad que estremece, los gobernantes convierten la desgracia en espectáculo y a las víctimas en parapeto para sus mezquinos intereses partidistas.
Esa lógica —tan vieja como el propio sistema que la engendra— no es fruto de la incompetencia individual, sino del modelo político y económico que nos gobierna: un modelo que antepone la imagen al servicio público, el beneficio a la vida y la fidelidad partidista al conocimiento técnico. ¿Cómo esperar sensibilidad ante el dolor de los pueblos si su propia estructura de poder se alimenta del clientelismo, de la precariedad y del desprecio por lo común?
Si así tratan a sus propios vecinos, ¿qué podemos esperar de su respuesta ante la masacre del pueblo palestino? Para quienes entienden la política como un negocio, la solidaridad internacional no es más que un gesto vacío. La deshumanización empieza en casa y se exporta después como indiferencia global.
Estos políticos de escaparate han demostrado —y seguirán demostrando— que su interés no está en servir al pueblo, sino en perpetuarse en el cargo. La política, para ellos, no es una herramienta de transformación social, sino una carrera profesional bien remunerada.
Los valencianos, castellanos, leoneses o gallegos —cada uno con nuestras tragedias climáticas y nuestros agravios olvidados— ya lo sabemos, no necesitamos más gestores sin alma ni burócratas del desastre. No queremos cargos públicos designados por su obediencia partidaria, sino por su competencia, compromiso y conocimiento. Queremos que las decisiones técnicas las tomen quienes saben, y que los políticos se limiten a rendir cuentas ante la ciudadanía, no a ponerse delante de las cámaras.
Porque, ¿qué puede aportar un presidente o una alcaldesa que llega a la zona cero solo para posar ante los medios? ¿Qué autoridad tiene quien desconoce por completo los mecanismos de emergencia, los protocolos de actuación o la realidad de la gente que sufre? Las imágenes hablan por sí solas; responsables desbordadas, portavoces mudos y un sistema que improvisa entre ruedas de prensa y silencios cómplices.
No se trata solo de exigir eficiencia, se trata de recuperar la dignidad política, de recordar que gobernar no es mandar, sino cuidar. Que la vida no puede seguir subordinada a la lógica del partido ni del mercado. Y que frente a la inercia del poder, la única respuesta posible es la organización popular, la exigencia colectiva y la memoria de quienes siguen esperando justicia un año después.
